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Pazo Los Escudos

  |  Bodas   |  Un día especial

Todo empezó cuando decidí dar el paso, muchos de nuestros amigos ya lo habían hecho, habían bajado su centro de gravedad al suelo y apoyando todo el peso sobre su rodilla derecha pronunciaron las palabras mágicas. Yo llevaba queriendo hacerlo durante tiempo, pero no encontrar un sitio ideal para celebrar un día tan especial y convertirla en la mujer más feliz del mundo durante esas horas me había impedido hacerlo.

Pero una mañana, en un Networking al que me invitó un buen amigo lo vi claro, había encontrado el lugar perfecto para celebrar mi boda. Aquel lugar era mágico, algunos salones destacaban por estar cargados de historia, otros, por la modernidad y las innovaciones necesarios para llevar a cabo todo lo que había pensado para el día de nuestra boda, el mar la Ría de Vigo como testigo y aquellos jardines que se escondían tras los escudos acabaron por enamorarme del todo.

Aquella mañana no me había podido centrar en hacer crecer a mi empresa por lo que vendría a continuación, acabó la jornada y me decidí, de camino a casa pare a comprar el anillo de compromiso. Me parecía bonito incluso a mí, y digo esto porque soy un animal insensible para la joyería. Aquella alianza era perfecta para Laura, simple, discreta y con un diamante que me recordaba a esa sonrisa que tiene y tan especial la hace.

Llegué a casa después de estar ensayando todo el camino como hacerlo, como pedirle que pasase conmigo el resto de su vida y se convirtiese en mi esposa. Algunos de mis amigos ya me habían hablado de las gotas de sudor frío que se apoderan de tu cuerpo en ese momento, además del tembleque de manos, rodillas tobillos y cualquier articulación de la que dependiese la estabilidad de mi cuerpo.  Por si fuese poco estaba ante un momento que recordaría toda la vida y creo que eso es lo que más nervioso me ponía de todo.

Tras un rato intentando acertar con la llave en la puerta conseguí entrar, la casa estaba totalmente en silencio, uno de esos silencios incómodos que te dicen que algo va a pasar, de repente, un fuerte alardeo y una explosión de confeti me recibieron en el salón, era mi cumpleaños y con todo el estrés del anillo lo había olvidado. Allí estaban todos nuestros amigos y familiares, esperando mis palabras de agradecimiento por aquella sorpresa.

Así que les dije que cogiesen su copa y me decidí a hacerlo:

“Hola a todos, gracias por estar aquí en un día tan especial, me hago mayor y los años no pasan en vano después de cierta edad, hoy sin ir más lejos me he dado cuenta que quiero ser feliz el resto de mi vida, que ya está bien de seguir escondiendo un deseo que me invade desde el día que la conocí y que por miedo a que no fuese perfecto, todavía  no me he atrevido a dar el paso, así que … (y aquí me estoy agachando y metiendo la mano en el bolsillo ante el asombro y la emoción de todos los presentes) quiero convertir este día tan especial para mí y que seguro que has preparado tú, en el día más feliz de nuestra vida. Una vida que a partir de hoy estaría encantado de que siguieses compartiendo conmigo, hoy, mañana y siempre…

(Aquí la caja ya estaba fuera, mis manos temblando y mi futura mujer con los ojos llenos de lágrimas, mis amigos boquiabiertos, mi suegra llorando a mares y mi madre viendo como su hijo estaba a punto de entregar un corazón que ella había pulido con delicadeza desde que era un niño)

Y me lancé: ¿Quieres casarte conmigo?